Encuentro fantástico de madrugada

Los dos pusimos las manos en el frasco de mayonesa al mismo tiempo. Era lo último que quedaba del frasco y un completo misterio cuando lo volverían llenar, lo más probable es que sería cuando la comida estuviera fría. Ninguno se amedrentaría por la mirada fiera del otro. Nuestras manos regordetas comenzaron a tirar ligeramente, ocultando nuestra verdadera fuerza. Habían pasado más de quince minutos en esa lucha ante la expectativa del resto de comenzales. Nadie se acercaba, temerosos de tener que contener más de doscientos cincuenta kilos de fibra generosamente envuelta en grasa. De no haber sido por ese viejo enclenque que me metío un escobazo en la nuca... Alcancé a verlo pintar su cuarto de pollo con ese elixir de los dioses, salió sujetando su pantalón con una mano y su plato con la otra mientras el viejo seguía metiéndome escobazos, pidiéndole que se apurara porque el gigante parecía recobrar el conocimiento. Me pareció escuchar que lo llamó "Sancho", aunque también pudo haberlo llamado "Chancho".

Entre nosotros navega el corazón

Una herida parece una cicatriz,
una perdiz que vuela de los labios
en un navío al fondo submarino.

Cicatrices que parecen heridas
dormidas en un cuerpo extraño
soñando salir a la superficie.

No sabemos lo que está sano
ni lo que está sangrando:
Navegamos entre ambos.

Un gordito va por su pedido

Se supone que debo caminar
para cuidar mi corazón
de las grasas y el colesterol;
aunque voy a una pollería
puedo decir que lo intento,
podría pedir a domicilio.

Doy una vuelta al parque
como abrir el apetito
y me detengo a ver cómo bailan
hiphop un grupo de chicos...
Comienzo a mover las nalgas,
estoy a punto de ir al centro

y me lesiono el tobiĺlo
al apoyar de golpe mi peso...
El gerente es mi amigo,
me da la carta y un buen sitio.
Pido mollejas con pollo frito.
Traen el pedido, pago y me retiro.

Camino sudando de regreso,
el dolor del tobillo sube a la rodilla
y se complica con las escaldaduras:
Tengo llagas que no encuentro,
hay sitios en mí a los que no llego.
Unos hipis flacuchentos ansían

mis vísceras a las parrilla
y la doble ración de papas fritas...
Acelero el paso y el peligro pasa.
Una vez en casa abro los envases
y me llevo una ingrata sorpresa:
Las mollejas mal cocidas

y la presa de pollo es de cerdo.
Pienso regresar y quejarme,
pero necesito alimentarme...
¡Por qué no revisé mi pedido!
¡Ay de mí sin las papas con ají!
Lleno el hueco que yo mismo abrí.

Desde que te perdí en el infierno

Escribí un cuento sin principio ni fin, me esforcé con las metáforas, las forcé más allá de sus límites hasta destruirlas, traté de impresionar con mi manejo del ritmo haciendo bailar a los lectores y nadie se puso de pie, puse tantas palabras sucias en la boca de cosas que nunca dijeron nada, personajes bizarros que brillaban por su inexistencia poblaron mis historias de cumbia. Soñé obnubilado, apesadumbrado, desmadejado, que en mi corazón había un escribidor, el ser más fabuloso del mundo. A pesar de estar enfermo, me sentí capaz de emitir un diagnóstico con mi ojo cínico, me sentí capaz de hablarte de tú a tú, de darnos un acercamiento y una confianza a medias, un lazo de amistad para que me mires y vuelvas. Tuve que elegir entre tú y mis ideas, preferí el cielo, la fama y la gloria; me equivoqué terriblemente... Por favor, inteligencia, vuelve.

Cuando dos imbéciles discuten déjelos disfrutar

Cuando dos imbéciles discuten
hay que dejarlos seguir,
que disfruten de su pasatiempo,
y si un idiota desea sumarse
tampoco hay que intervenir
en su orgía intelectual:
Uno intentará impresionar
con vocabulario forzado
y el otro es esforzará
con sigilosa estupidez
en resaltar y enaltecer
lo que se debe olvidar.
No faltará el imbécil
que querrá erigir su supremacía
por el monto de su alcancía
o títulos que a nadie importan...
La imbecilidad se viste de gala
y anda por la alfombra roja.
El espectáculo de la imbecilidad
luchando es muy variado
y rara vez  se rinden,
hasta llegan a los balazos,
les resulta más sencillo
meter un certero disparo
que intentar pensar claro.
Nunca faltarán poemas idiotas
que reflejen la estupidez humana
buscando redimirla o superarla,
pues de los quehaceres idiotas
el más loado es el de la poesía.
Disfrute del paisaje
que pronto desaparecerá:
El idiota alza los brazos
en señal de victoria
y recibe las palmas de su cofradía.

La caja

El niño empuja su caja de un lado a otro, la voltea y es una mesa, la golpea y es un tambor, la gira otra vez y coloca sus cosas, algunos juguetes, un poco de ropa y se va de viaje arrastrándola. Con eso le parece suficiente para salir hacia otro reino, atravesando los ríos y la arenas movedizas del tiempo rumbo al cuarto más iluminado, con un tragaluz donde el cielo amenaza derretirlo, apenas a tres metros, superando muros indestructibles y pasando desnudo entre las piernas de su madre que trata de atraparlo... En el colegio lucirá su cartuchera adornada con sus dibujos favoritos, cajas de fósforo en la adolescencia, las cajas de recuerdos en la juventud como inevitable signo de lo que ya perdió, de que ha comenzado a envejecer. Luego vendrá el anquilosamiento, las cajas llenas de papeles, kilos de "por si acaso", previsiones para lo inesperado y proyectos de ensueño que lo cegaran día tras día en un tedio prematuro y prolongado. Por allá el manual para cuando se desplome el techo, en el bolsillo el nombre completo y la dirección en caso de atropellos. Con la oportunidad de morir encima, usará sus fuerzas en despegar la cara del parabrisas, en limpiarse la sangre y buscar sus zapatos favoritos. Los zapatos que usó su padre porque se los dio su abuelo, porque tenía una vaca y se le ocurrió que saldrían zapatos elegantes de su pellejo. Pero las luces ya están apagadas, la angustia consumida, solo le queda despedirse de los pasajeros con una sonrisa sobria y los ojos cerrados, abrigando las astillas dentro de su última cajita.

Calidad de vida

Ya ancianos, con una síntesis extraña
entre lo rápido que envejecieron
y lo lento que siguen envejeciendo,
tropiezan, cargan una concha
que amenaza con la ruina
de todo lo que creen que significan
y machaca sus intentos de seguir andando;
en ese momento delicado, el estado,
a través de su tentáculo, el seguro,
da un servicio justo a cambio del dinero
que la familia ofrenda a sus sabios:

El médico, amistoso y humanitario,
visita a los pacientes cada semana
en compañía de una enfermera
comprensiva que estira con caricias
los pellejos arrugados y musita:
No le va doler, respire hondo.
Aguantan en confianza, quietos,
largos minutos de amor fraterno,
la aventura de la vena que se escapa 
de la aguja que se hunde,
hasta que conectan y se funden
en el lazo de lo obvio con lo secreto:
La enfermedad avanza.
En pago al afecto de los hijos,
en premio a la ausencia de gritos,
los peina, los acicala y los besa.
Mientras, el médico hojeó el resumen
técnico de sus vidas: El apetito modesto
en una mesa de ocho sillas,
si fueron puntuales con las pastillas,
si ensartaron con fe las vitaminas,
los antidepresivos y los antihipertensivos;
si se portaron bien o mal cambia la dosis.

Mamá opina que eso es calidad de vida,
medicina, progreso y economía de valores;
en vez de derrocharlos entre la familia,
prefiere que se concentre, se haga intenso
y termine en uno y para siempre.
Su hijo responde, clarividente,
con una estaca por espada,
que calidad de vida tuvo el abuelo
porque murió tranquilo en su casa.
Mamá se angustia como una niña
que ve a Gepeto siendo engullido
por un monstruo marino gigantesco.
Su hijo le saca el corazón a golpes
de preguntas retóricas y manifiestos:
¿Por qué lloras? ¿Por qué ahora
te conmueve más que cuando vivía?
Y mamá nada convencida
hacia un abrazo, al enigma
de dar vida a quien nos mata.

Super expreso norte hacia la tierra de las oportunidades

Había una vez un chofer que conducía entre seis y doce horas al día la línea uno, de todas las cosas que había vivido en su oficio, nunca le había pasado que alguien quisiera quedarse en el bus después del último paradero, menos una dama. El chofer repitió desde su asiento, perdiendo la paciencia: ¡Último paradero, señora! La mujer seguía absorta en el más allá de la ventana, fija en el tráfico o en todo lo que le quedaba por hacer ese día: Limpiar, cocinar, volver a limpiar, lavar, planchar, etc... El conductor apagó el vehículo, despegó su trasero húmedo del asiento, volvió el calzoncillo a su posición natural, se sacó un moco, lo pegó como amuleto en el respaldar de su asiento y fue hacia ella. Miraba confundido su quietud y se acercó repitiéndole que tenía que bajarse. Conforme se acercaba fue endulzando la voz, el caso le resultaba bastante enigmático y comenzó a considerar la oportunidad de conocerla. Tal vez podría comentarle que él también iba a otro lado y terminarían acompañándose. La mujer no daba ningún indicio de querer voltear, estaba inalcanzablemente sumida en el pesar de los empleados: La diferencia entre la calidad del servicio que debía dar y el que recibía a cambio.

Esa mañana, bueno, no, desde el día anterior, se preparaba para su gran oportunidad laboral: Un día de prueba en una empresa reconocida. Durante dos horas atormentó a la dependienta de la zapatería buscando la talla más adecuada para sus pies regordetes, que además disimulen el juanete, un color que combinara con el vestido y el bolso, y el descuento de rigor porque todavía no cobraba un sol y todo lo que gastaba era en calidad de préstamo. En la peluquería eligió el tinte más adecuado, el color y diseño para las uñas de las manos y de los pies y, sobre todo, una depilada completa de brazos, piernas y axilas, porque las pelucas en esas zonas no se permitían en ninguna oficina. Después de un baño de media hora, quince minutos de repaso sobre los vellos, veinte minutos de maquillaje y quince minutos de encaje en el vestido, salió rumbo al éxito... El chofer no había encontrado ni rastros de aquel glamur, en el transcurso de unas horas era la ruina de sí misma y, gracias al violento debacle, una posibilidad para él.


En la oficina fue recibida con una indiferente cortesía, algunos le dieron un vistazo, otros nunca supieron quién era. Lo primero que le pidieron fue que se dirigiera a la sala de conferencias y le preguntara a los directores lo que querían servirse: Un café expreso con dos de azúcar, un americano con edulcorante, un cortado con nata, un café solo y un té con panela. Aunque tomó bien el pedido y lo preparó correctamente, no se preocupó de fijar en su memoria quién le había pedido cada cosa, así que las entregó con una gran sonrisa y se fue de ahí para siempre... No supieron valorar las ampollas que consiguió por querer ser más alta, ni todos los sofocos que pasó tratando de entender el orden de los cajones, los colores de las facturas, las diferencias entre las comas y los puntos en los códigos de proveedores y los códigos de los clientes y un largo etcétera que terminaron por colapsar su poca paciencia en un terreno desconocido. Cuando terminó la jornada le dieron un cheque que no cubría ni el peinado y las gracias de rigor. Al salir del edificio, tras separarse unos metros de las cámaras de seguridad, se sacó los zapatos y suspiró de alivio, imaginándose remojar sus pies en agua tibia y sal mientras miraba su novela favorita.


La cola para subir al bus era más larga que el día que había tenido. También más solitaria, nadie le explicaba nada y solo le dirigían la misma orden: Avance, señora. Y de vez en cuando la pisaban o la empujaban. El pudor le impidió subir a dos buses. Una ola de gente la revolcó al interior del tercero haciéndole perder la bolsita con sus zapatos nuevos. Con mucho esfuerzo alcanzó el pasamanos, como si tuviera un espacio donde caerse. El aire estaba tan cargado de sudor que el bus se chorreaba y los pasajeros desarrollaron branquias. En el siguiente paradero, completamente aceitada, subió otra marabunta de personas. La mujer creció varios centímetros con la presión, sus pies no tocaban el piso y el corazón  perdió el espacio necesario para latir, aunque muchos pueden hacer sus vidas así, ella murió en el acto. En el paradero final no tenía ninguna pertenencia y el rigor mortis le impedía caer; sin embargo, todavía cargaba con sus últimas preocupaciones mientras la secaba el aire.


El chofer, a medio metro de lo que quedaba de ella, regresó a su asiento y abrió la guantera. Sacó una colonia y se dio una rociada completa: Para el beso, el abrazo y por si acaso. Preparado y con una mejor disposición, se acercó nuevamente para intentar obtener una respuesta amable. La tocó anhelante en el hombro... La sacudió ligeramente... Apenas la cacheteó... Con una repentina desesperación, la remeció a dos manos... Y nada. La miró desde todos los ángulos antes de aceptar que estaba muerta. Incluso así, su caballerosidad había despertado y estaba dispuesto a realizar un sacrificio: Despegó los dedos del pasamanos y cargó a la mujer entre su brazos. Le golpeó la cabeza varias veces con los asientos mientras la bajaba, tuvo que dejarla en el piso unos minutos para descansar. Cuando volvió a levantarla quedó con la cara pegada a su axila y su olfato aún no había muerto: Fue tal la urgencia de retirar el rostro que el corazón comenzó a latir, los músculos del cuello se llenaron de sangre, giró la cabeza y abrió los ojos. Al sentirla moverse, la bajó con cuidado y le preguntó el motivo de sus lágrimas. Agradecida por la nueva oportunidad que le había dado, no quiso herir sus sentimientos, solo se puso de pie con dificultad y se fue caminando. Él se ofreció a acompañarla siguiéndola a unos pasos. Ella comenzó a correr y cruzó la pista sin mirar, venía la línea dos.

Romeo sospecha de Julieta

No sé si el sábado.
¿Y el viernes?
Tampoco lo sé.

¿A lo mejor el domingo?
Mejor te escribo.
¿Me harías daño?

No quedan recibos,
no pides que me quede,
no pides que me vaya;

no estás, tienes más
y yo tengo menos
órganos internos.

Hace poco se perdió
el complejo de Narciso
cerca del ombligo.

Enroscado en el colchón
preguntaba dónde está
la que se llevó su riñón.

¿Cómo va a llenar su vejiga?
¿Por qué lo cerró con grapas
si tenía hilo en su bolsillo?

¿A eso se refería al decir
que tenía algo especial?
¿Quién va a llevarse el resto?